Vivencias

Encuentro

La vi en innumerables ocasiones. Muchas, muchísimas más de las que pude capturar con mi lente. El símbolo por excelencia de nuestra Isla y que en un momento de nuestra historia fuese escondida y quien se atreviera a exhibirla pagaba con su libertad. Pues ahora está más presente que nunca. Esa fue algunas de las cosas que más me impresionó de mi reciente viaje a Puerto Rico este verano. El primero que hago luego que pasara la incontenible fuerza de María.

En murales y puertas. Algunas con el triángulo azul marino, otras con el triángulo azul celeste. También las vi blancas y negras, blancas y doradas.

O se aparecía en algún dibujo, confundiéndose con otras expresiones de arte en un café en el centro de Mayagüez.

En el carrito de piraguas acompañando al escudo de Yauco, el pueblo del café.

En alguna esquina de una pared un tanto manchada con salitre y moho.

En mi parada favorita en la carretera número 2, donde suelo comprar el mejor pollo asado con viandas.

Asomada en un balcón de una casa llena de color del sector Cantera en Yauco. Allí la bandera saluda a residentes y también a visitantes que van a disfrutar del colorido proyecto de arte urbano Yaucromatic.

Desde el carro la ví ser testigo del continuo tráfico en el expreso.

Cuando me preguntan que pienso ahora que pude ver de cerca como está Puerto Rico luego de María, digo que está como estos árboles. Se nota que el huracán les dio duro. En sí mismos está la huella de lo que tuvieron que enfrentar. Son testigos del cambio y la dolorosa transformación. Pero ya florecen y han echado ramas. Porque les da la gana y no se quieren dejar caer o porque no hay otra opción. El punto es que hay nueva vida y mi Isla ya florece.

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